viernes, 15 de julio de 2011

El mayor temor

Era una mañana fría de septiembre, cuando ella llorando llegó a su puerta, él aún no llegaba a casa, había pasado toda la noche con la que era su nueva enamorada, la mujer por la que la cambió, y aquella por la que le hizo sentir que no valía nada en el mundo. Esperó parada por más de dos horas su llegada, necesitaba verlo, hablarle, explicarle, quería hacerlo entrar en razón, quería saber o quizá solo creer algo miserablemente falso, él no podía haber echo todo eso, no podía haberla engañado y mentido sin piedad, ¿Por qué? Porque él era diferente, decía ella. Pensó una  y otra vez, mil veces lo que quería decirle, y mientras ordenaba sus ideas e intentaba vanamente no llorar, finamente él llegó, la miró y le sonrió sorprendido por su presencia, le pregunto qué hacía allí, y ella solo pudo respirar profundamente y preguntarle si podían conversar.

Él accedió, fueron a un pequeño parque cercano, se sentaron en la vereda y él pregunto: ¿Qué querías decirme?, y fue cuando ella se sintió morir, olvidó todo lo que había pensado que diría, sólo lloraba amargamente y recordaba cuanta tristeza sentía por tenerlo tan cerca físicamente pero tan lejano emocionalmente. Cuenta ella que lo amaba más que a su vida, y por eso fue a verlo, para decirle que lo perdonaba aunque él ni siquiera se haya atrevido a pedir perdón. ¿Lo perdonaba? Como podía perdonarlo por haberla decepcionado tanto, por haberle dicho delante de la otra que nunca, en tantos años juntos, la amó.

Y aunque parezca irreal no solo fue a otorgarle un perdón que él no se merecía, sino que fue a pedirle que volviera con ella, y que no le importaba, pero que sería capaz de ser, ésta vez, ella la otra, con tal de que él no la alejara de su lado. Fue tontamente a humillarse y a suplicarle su amor, un amor que aparentemente sólo ella sentía.

Y ¿Él? ¿Qué dijo él?, primero se negó rotundamente pero luego, no sabremos si por piedad o por la culpa que el invadía lo poco de corazón que le quedaba, aceptó; aunque hubiera sido mejor que se alejara de ella para siempre. Porque su maldad no tuvo limites, le dijo que se fuera pronto, que estaba cansado por la larga noche que tuvo, le dio una beso de despedida como si sintiera asco de ella, y después de una hora la llamó por teléfono para decirle que le daría el número de celular de un muchacho que ambos conocían, y que él sabía que hace años estaba muy interesado en ella, quien por aquel entonces era su enamorada. Le dijo que lo llame y que lo busque; ella no solo sintió su desprecio sino también que la regalaba con si fuera cualquier cosa, ¿Será que realmente ella nunca significo nada para él?

Ni siquiera por todos los años compartidos, por los buenos momentos, por el amor vivido tuvo piedad de ella, no solo le destrozo el alma y el corazón sino que nunca se canso de hacerla infeliz. Y a pesar de todo, tonta e ingenua, sin amor por ella misma, sin autoestima y sin un gramo de dignidad, nunca fue capaz de alejarse de él. Él la cambió, transformó, utilizó y destruyó a su antojo, y ella, ella jamás volvería a ser aquella dulce, tierna e inocente niña que un día fue.

Vivir una situación como la que acabo de relatar, no es nada fácil, puede sonar tonta y hasta sencilla de juzgar, con los adjetivos y frases más machistas o feministas que le queramos poner, pero sucede, y por cierto, más a menudo de lo que parece. Es muy difícil encontrar la línea divisoria para distinguir entre quien te ama más que a su vida y quien solo te quiere, por supuesto que todas soñamos compartir nuestra vida con quien nos ame más que a nada en el mundo, pero que hacer cuando sientes que estás con alguien que solo te quiere. Dejarlo ir significaría perderlo todo o en el mejor de los escenarios ganarlo todo; a veces pensamos que lo que tenemos es lo mejor que nos pudo haber pasado y que nada ni nadie será mejor que eso, creemos que si se va, nada comparado a eso llegará, tenemos miedo de quedarnos solas, miedo de ser cambiadas nuevamente, y lo que es peor para cualquiera, ser cambiado por alguien que no nos llega ni a los talones como dicen por ahí.

El miedo a la soledad nos vuelve esclavas, ¿De nosotras? al menos eso sería bueno si fuera cierto, pero no es así, nos vuelve esclavas de otros, esclavas de ellos, de sus caprichos y sus deseos, el no querer quedarnos solas nos vuelve vulnerables, débiles, no queremos acceder pero al final no podemos decir que no.

El miedo es lo que nos cambia, nos transforma y nos involuciona socialmente hablando, dejamos de hacer lo que queremos, lo sacrificamos todo, por tratar de ser quien él o ella quieren que seamos, nos convertidos degradantemente en mendigos de amor, cuando eso es lo más bajo que podría ocurrirnos en el mundo. Si es amor de verdad, no se pide, se da solo, entonces ¿Qué es lo que pedimos? ¿Atención?, ¿compasión?, ¿piedad?, ¿cariño?, porque amor no creo que sea, no lo sería, no lo debe ser.

Pero lo peor de todo no es en lo que nos convertimos y no por voluntad propia, si no que somos total y completamente consientes de lo que sucede y no somos lo suficientemente fuertes y capaces de decir ¡Basta!   

El miedo a quedarnos solas nos lleva a perder la dignidad y todo lo que nos queda después de que se llevaron todo. El miedo nos transforma y no seremos más lo que una vez fuimos, y aunque suene duro y cruel, es así, y siempre será así.

Pero no todo está perdido, de echo temer miedo está bien, porque lo mejor viene después, una vez superado ese miedo, a todos nos espera las cosas buenas de la vida. Ese miedo superado nos ayuda a crecer y nos vuelve más fuertes, maduramos y apreciamos mejor lo que tenemos en el presente.

No volveremos a ser lo que fuimos ni haremos o diremos lo que solíamos hacer, no serenos más las mujeres sumisas, ingenias, que vivían en una burbuja y que creían que su historia era ¡La historia! O que su cuento de hadas sí tenía final feliz, no volveremos a sonreír con esa ternura infantil y aunque no seamos más las princesas de los cuentos de hadas tampoco significa que ahora seremos las brujas de los mismos, no seremos aquellas mujeres que digan que todos los hombres son iguales, porque no lo son, simplemente ahora seremos, digamos diferentes. ¿Diferentes, cómo?, pues pensaremos más detenidamente las cosas sin caer en la obsesión, entregaremos  nuestro corazón a quien creemos que se lo merece de verdad, intentaremos no llorar de todo, sin dejar nuestra sensibilidad de lado, y por supuesto seremos un poquito más precavidas; ¿Nos costará confiar? Sí, pero aprenderemos a confiar nuevamente sin ser unas “confiadas”, por supuesto, si realmente vale la pena, o mejor dicho si él vale la pena.

Lo importante es no rendirse, y lo digo por experiencia propia, pero tampoco se esmeren en buscarlo, lo que debe llegar, llegará, y cuando esté allí, sabrán que el miedo no será más una barrera para ser aquello que siempre quisimos ser, libres, soñadoras, independientes pero sobretodo felices. Tal vez no volvamos a actuar como solíamos hacerlo y tampoco volvamos a decir lo que decíamos, y si para entenderlo mejor debemos compararlo con algo, entonces imaginemos que es como un hueso que se rompe o fractura, podemos acudir al medicó y lo enyesarán, por supuesto sanará con el tiempo, pero ya no será igual, no volverá a tener la misma fuerza ni solides que tenía antes de quebrarse; y es sólo eso, que nunca nada es igual, no volveremos a tener la inocencia que teníamos ni la dulzura de las palabras volverán, y por supuesto, estaremos a la defensiva constantemente, pero ¿Saben qué?, no hay nada más gratificante como juntar ganas de donde no tenemos para volver a empezar una y otra vez y mirar el futuro con optimismo y con ganas de disfrutar a cada instante de la compañía y presencia de quienes, realmente nos aman más que a su propia vida.